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Pero entre todos estos deseos subyace una pregunta todavía sin respuesta: ¿cómo sonará el nuevo recinto? De la respuesta a dicha pregunta dependerá en buen grado la calidad de la interpretación musical, el éxito del arquitecto y, por ende, el de la sala en cuestión. ¿Cómo sonará el auditorio?, ¿de qué depende la respuesta a dicha pregunta? Cualquier amante de la música conoce la respuesta: depende de la acústica. Ahora bien, el diseño acústico no debe en ningún caso circunscribirse exclusivamente a esta tipología de edificios singulares. Veamos el por qué a partir de unas situaciones prácticas habituales. Cuántas veces nos quejamos de la pésima acústica de un restaurante, que no nos permite mantener una conversación con unos niveles de voz razonables, o de la imposibilidad de entender un mensaje de megafonía en un aeropuerto o estación de metro a causa de un exceso de reverberación. Incluso quién no ha asistido a una representación en un recinto con unas condiciones acústicas deficientes que le impiden disfrutar del espectáculo. A veces, adquirimos una actitud de resignación como si, por el hecho de tratarse de situaciones a las que lamentablemente estamos acostumbrados, no tuviésemos derecho a exigir mejora alguna. En otros casos, aparece algún «entendido» que plantea soluciones sin ningún fundamento técnico y que, sin lugar a dudas, están condenadas al fracaso

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