Escrito por Comunicados

Los sistemas de impermeabilización, los mejores aliados contra el radón

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Es incoloro, inodoro e insípido y la segunda causa conocida de cáncer de pulmón por detrás del tabaco (según datos de la Organización Mundial de la Salud, OMS). Hablamos del radón, un gas de origen natural, producido a partir de la desintegración del uranio presente en suelos y rocas, y que en ocasiones podemos encontrar en el interior de las viviendas.

El radón emana fácilmente del suelo y pasa al aire, donde se desintegra y emite partículas radiactivas. En el exterior las concentraciones de este gas no son significativas para la salud –según la OMS, la concentración media de radón al aire libre varía de 5 Bq/m3 a 15 Bq/m3–, pero dentro de los edificios, sobre todo en plantas bajas y sótanos, los datos cambian y podemos estar hablando de cantidades que van desde <10 Bq/m3 hasta más de 10 000 Bq/m3 (el nivel de referencia está establecido en 300 Bq/m3 en España).

Recientemente, el Gobierno ha incluido entre las novedades del Código Técnico de la Edificación (CTE) una nueva sección, DB-HS 6 del Documento Básico de Salubridad, que tiene por objetivo proteger a la población de los efectos perniciosos sobre la salud del gas radón en el interior de los edificios.

Además, mediante esta regulación se da cumplimiento a una de las obligaciones dirigidas a los Estados miembros y recogidas en la Directiva 2013/59/EURATOM, por la que se establecen normas de seguridad básicas para la protección contra los peligros derivados de la exposición a radiaciones ionizantes.

La normativa se aplica en todos los edificios de nueva planta construidos en los municipios de las Zonas 1 y 2, y a los inmuebles existentes en estas zonas en los que se vaya a realizar una intervención que afecte a algún elemento constructivo (y que influya en la concentración de radón). Para ello, el DB-HS 6 incluye una serie de actuaciones para reducir la exposición al gas atendiendo a si hablamos de obra nueva o rehabilitación.

  • En el caso de inmuebles de los primeros, se aconseja la instalación de una barrera de protección, una cámara de aire ventilada o la despresurización del terreno
  • Para los edificios existentes se establecen una serie de medidas complementarias como son el sellado de cerramientos y la mejora de la ventilación

La normativa no aplica a locales no habitables ni a los habitables separados del terreno.

En ambos casos destaca la recomendación del uso de sistemas de impermeabilización que funcionen como barrera, con el fin de evitar las fugas y filtraciones del gas desde el subsuelo al interior del inmueble. “El empleo de barreras anti radón, combinada con otros sistemas, como la ventilación del forjado, ha probado su eficacia frente a este ‘enemigo silencioso’, que no podemos ver ni sentir, pero que causa graves problemas de salud”, señalan desde la Asociación Ibérica de Fabricantes de Impermeabilización, AIFIm.

¿Cómo reducir la exposición al gas radón?

Los organismos internacionales recomiendan la aplicación de una serie de medidas, que han probado su eficacia a la hora de reducir la exposición al gas radón en el interior de los edificios. Por ejemplo:

  • La mejora de la ventilación del forjado.
  • La instalación de sistemas de extracción mecánica del radón en el sótano, el forjado o la solera (que suelen ser los lugares donde los niveles son más elevados).
  • La mejora de la ventilación de la vivienda.
  • Y el sellado del suelo y las paredes, para evitar las filtraciones desde la solera o el sótano.

Según recoge el Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja (IETcc-CSIC) en su documento Protección frente a la inmisión de gas radón en los edificios, el empleo de barreras anti radón como complemento a los sistemas de extracción forzada, ofrece una protección extra “frente a altas concentraciones de este gas”.

La característica fundamental que debe de cumplir la barrera es ser impermeable al radón, lo cual se logrará en mayor o menor medida dependiendo del espesor del material. La adición de capas a la membrana aumentando su grosor solucionaría este problema.

Sin embargo, garantizar su estanqueidad es más complicado al someter a la barrera a diferentes procesos de puesta en obra y a futuros movimientos diferenciales de las estructuras soporte. En este caso, la lámina deberá estar preparada para soportar el peso de la solera o del solado (según donde se ubique) y no punzonarse. Debe de ser resistente al desgaste, al desgarro y a la tracción a lo largo de toda su vida útil. Su capacidad para soportar las dilataciones del soporte (elongación) también es importante, con el fin de evitar fisuras con el paso del tiempo.

“La ejecución del sistema, así como los materiales empleados serán fundamentales para lograr nuestro propósito”, destacan desde AIFIm. “Para instalar el sistema adecuado es necesario tener en cuenta la zona concreta donde se va a emplear, la compatibilidad con el resto de los materiales constructivos, así como otros aspectos como el rango de temperatura al que se va a ver sometido. En el mercado existen soluciones para la impermeabilización y el aislamiento del edificio que actúan eficazmente como barrera contra el gas radón”, apuntan.

Entre los materiales más habituales para la ejecución de estas barreras encontramos:

  • Las láminas (bituminosas, sintéticas de PVC-P y TPO, cauchos), que se emplean para el refuerzo de las barreras, aunque pueden presentar algunas limitaciones mecánicas.
  • Los sistemas de impermeabilización líquida, que configuran una membrana continua y sin solapes, eliminando así los puntos conflictivos, aunque suelen necesitar la aplicación de una malla metálica como refuerzo.

“Es importante optar siempre por materiales de calidad y que su instalación se lleve a cabo por profesionales cualificados, siguiendo las instrucciones del fabricante. De esta manera se garantiza su eficacia y durabilidad”, concluyen desde AIFIm.

En España, el área geográfica donde ha sido construida una vivienda determina la concentración de gas radón en el interior. Según estimaciones del Consejo de Seguridad Nuclear, en España tan sólo el 10% de los edificios presentarían concentraciones de radón por encima de los 300 Bq/m3, siendo las zonas más expuestas Galicia, Extremadura y Castilla y León orientales.


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