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El conjunto posee dos elementos que interpretan el papel de filtros mediante la experiencia exterior y la interior, pero al mismo tiempo entre el ritmo pautado y rotundo de la estructura enterrada y la exuberancia del jardín interior, levantándose para adquirir la forma de un inmenso paño acristalado que ilumina tanto la galería como los dos grupos de aulas.
El segundo filtro es el lucernario alargado, la llamada teatina, que relaciona el patio con el impresionante jardín interior, capturando la luz para introducirla hasta lo más profundo del nuevo edificio.

En el estrato más profundo de la morfología generada por el nuevo museo se encuentra una gran sala, diáfana y flexible, que ofrece el orden rotundo de la modernidad y el clasicismo, definiendo un espacio con capacidad para acoger las múltiples visiones de la realidad del arte contemporáneo actual. De esta manera, el estudio de arquitectura diseña una grieta cubierta por una vegetación exuberante que construye un espacio exótico, húmedo y específico, en contraste con el espacio mudo, seco y universal de la galería de exposiciones, y que además ilumina esta sala con este cañón de luz que se asoma a la superficie para capturar la luminosidad exterior.

Junto al edificio del MALI, proponen un espacio al aire libre, el cual resuelve el cierre del parque creando una atmósfera específica, formada por un bosque de jacarandas. Esta zona evoca la tradición del patio limeño, convirtiéndola en el vestíbulo del parque y del MALI, lo que permite gestionar el tráfico de visitantes conduciéndolos hacia los accesos de los diferentes usos ofrecidos en el nuevo edificio. Los pabellones que albergan estos accesos reciben luz y vistas desde un mismo lugar, el patio, que les da sentido y pone en valor la nueva intervención.

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