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La Villa de Ribeira, nace en las proximidades del borde litoral, protegida de los fuertes temporales de viento y de la lluvia gracias a una lengua de tierra, creando una rada que posibilita el abrigo y el fondeo de barcos, lo que genera un puerto natural, que con el tiempo, dio paso a la construcción del puerto artificial: El Puerto. La Ciudad sufre variaciones de tamaño, orden o límites, dependiendo de la época y esto también influye en El Puerto. La ciudad y el puerto se comportan como entes vivos y din ámicos, y en ese necesario crecimiento, que experimenta todo ente vital, el puerto avanza de manera inexorable hacia el mar, buscando la ampliación de sus muelles y un mayor calado para sus barcos, tratando de ampliar o remodelar sus espacios para dar cabida a nuevas necesidades. En este continuo reajuste de funciones, adem ás de límites, que obliga a remodelar los espacios anteriores, se rellenan y ganan nuevos espacios al mar, necesarios para el puerto, mientras que otros se vacían de sus funciones anteriores y ofrecen nuevas alternativas, que ser án aprovechadas para nuevos usos. Con ello, se produce un desplazamiento inexorable de la tierra hacia el mar, detalle del que pueden beneficiarse mutuamente El Puerto y La Ciudad. Así pues, ser á en esta área portuaria en la que se pretende la ubicación de la Nueva Lonxa de Ribeira. Este nuevo edificio, est á llamado a ser un monumento por su función, por su significado,… y por su localización, haciéndose su propio sitio en el Puerto. Todo monumento, sin necesidad de salirse de su sitio, est á obligado a incidir en el entorno, a crear su propio territorio. Y, al igual que toda Ópera necesita su plaza de la Ópera, y todo Palacio sus jardines de Palacio…, la Nueva Lonxa de Ribeira tiene que ubicarse en su sitio, crearse su entorno, construirse su propia y singular monumentalidad, rodearse de plazas, de vacíos a su alrededor, que le confieran ese halo m ágico que envuelve a todo lo singular y que acaba formando parte indisoluble de él. Del mismo modo, debe conquistar su territorio, hacerse presente, asomarse al exterior, ganar la orilla y reafirmar su presencia en la Ría, a la que se asoma, en tanto que genera a su protección ese otro factor imprescindible para la ciudad, quiz ás el m ás importante, el m ás emblem ático, el m ás social, el espacio de todos: el espacio público. Con todo ello, se construir á su propio orden, que no debe ser el de la Ciudad ni tampoco el del Puerto, pero sí uno capaz de servir de nexo entre ambos, complement ándolos y enriqueciéndolos, a uno y a otro, con su presencia, sin perder un ápice de funcionalidad, sino todo lo contrario.

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