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¿En qué momento de su trayectoria como estudio se decantaron por el camino del Bioclimatismo y la Arquitectura Biónica?, ¿por qué?

El interés por las formas naturales como fuente de inspiración y aprendizaje viene de muy lejos. De hecho, en nuestro viaje de fin de carrera tuvimos oportunidad de visitar preciosas playas de Tailandia, de donde vinimos cargados con conchas, caracolas y corales de todo tipo, que fueron para nosotros un pequeño tesoro y que aún hoy conservamos. No obstante, la producción de nuestra primera etapa como arquitectos estuvo teñida por las tendencias posmodernistas en boga de aquel momento. El cambio vino tras una estancia de formación posgrado en Salzburgo (1983), dentro del ambiente expresionista de la Sommerakademie für Bildende Kunst, que para nosotros fue un gran revulsivo de nuestras creencias arquitectónicas, y, posterioremente, en New York (1984-1985),

en la GSAPP de la Universidad Columbia. Allí tuvimos ocasión de investigar sobre la obra de Gaudí a partir de sencillos, y todavía tímidos, programas paramétricos que nos llevaron a la comprensión de cómo arquitectura compleja podía ser proyectada de modo sencillo, si se pensaba en leyes de generación en vez de en formas determinadas. Este hecho giró completamente nuestro modo de aproximarnos al proyecto arquitectónico.
A ello se sumó el creciente interés por la eficiencia estructural y energética. En 1993 fundamos los cursos de Arquitectura y Naturaleza, y más tarde Arquitectura y Biónica, que se han celebrado en 17 ediciones en Cuenca, y que han sido un gran laboratorio de experimentación en el aprendizaje de la naturaleza como bio-tecnología de alta eficiencia a la par que de extrema belleza.

En la actualidad, ¿creen que ha habido un cambio de hábito en la demanda arquitectónica que prioriza el diseño sostenible por encima de otros valores?

Sin duda se está produciendo un cambio de hábito en la demanda, pero todavía no es suficiente. Son ya muchas las leyes y directrices que obligan o impulsan la arquitectura energéticamente eficiente y son ya algunas las líneas profesionales que insisten en ello, sin embargo es muy lento revertir las inercias que requieren desde un cambio de mentalidad hasta un cambio de sistemas constructivos y hábitos en el uso y mantenimiento.
Para que se produzca un real cambio en la demanda deben confluir los intereses políticos, sociales, económicos y técnicos. Es decir una voluntad real de construir un nuevo modelo basado en el consumo mínimo y la autogeneración de la energía. Además, es necesario tener un conocimiento real de las acciones en el diseño y de sus consecuencias. Para ello deberíamos comprometernos con la arquitectura no solo en la fase de proyecto y construcción, sino en la de verificación de su funcionalidad a posteriori. Es decir, comprobar que lo proyectado y esperado realmente se comporta según el plan previo.
La arquitectura tradicionalmente no se ha implicado en esa fase de comprobación, pero si lo hiciéramos tendríamos una base de datos y de conocimiento con la que cimentar nuestras acciones a posteriori para ser realmente sostenibles. Este modo de proceder, que es el habitual en muchas ramas de la ingeniería, nos permitiría verificar y corregir errores tanto en el diseño como en la puesta en funcionamiento y en el uso y conservación.

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