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En buena medida, su carrera se ha forjado en torno al trabajo en obra de rehabilitación, ¿considera que la especialización es garantía de una mejor arquitectura?

La especialización representa en principio la posibilidad de profundizar en un conocimiento concreto, es decir, un simple enunciado propositivo. La especialización ligada incluso a la experiencia práctica; tampoco representa mayor garantía, si esa experiencia no está avalada por buenos resultados. No se trata de acumular realizaciones en esteámbito, sino además, de hacerlo con la pericia y sensibilidad necesaria para hacerlo bien. Pero la pregunta me sugiere una importante matización; creo que nuestro valor añadido como arquitectos hoy, me temo que no está en esa especialización a la que Vd. se refiere; sino precisamente en lo contrario, es decir; en “la generalidad”.

Quiero decir con ello que, pese a la progresiva complejización del proceso constructivo y la demanda de conocimiento especializado en tantos de sus componentes; el arquitecto no puede, ni debe renunciar a ese doble papel que nos caracteriza como creadores y, al tiempo, directores de orquesta; pues la arquitectura es hoy -tal vez más que nunca- la columna vertebral que soporta y en la que se insertan las muchas especialidades que componen ese proceso diverso, multidisciplinar; casi caótico, como una torre de Babel que debe ordenarse. Necesariamente ha de existir y debemos conservar esa visión generalista, humanística e integradora que nos caracteriza y que se evidencia en un axioma incontrovertible: el todo, es mucho más que la suma de las partes.

Desde ese reconocimiento previo, el trabajo y el compromiso personal son los ingredientes para hacer una buena obra de rehabilitación, que no es sino un ejercicio de arquitectura sobre la arquitectura.

¿Qué es lo primero que analiza Santiago Fajardo cuando se enfrenta a un nuevo proyecto de rehabilitación?

La arquitectura es siempre un traje a la medida, una segunda piel ergonómicamente acomodada a la morfología del hombre y a su modo de vida; sometida por ello a las exigencias de una funcionalidad concreta. En la reutilización de los edificios antiguos, nuestro trabajo consiste en reparar los viejos tejidos y hacer los ajustes necesarios para que el nuevo usuario se encuentre cómodo y el traje le vista adecuadamente para cada ocasión.

Por ello, la primera condición es el análisis del nuevo uso propuesto, en orden a verificar su compatibilidad con la arquitectura preexistente. Un edificio antiguo que se pretende rehabilitar no puede ni debe ser desguazado; pues rehabilitar significa volver a habilitar, volver a hacer útil; sin modificar sustantivamente su primitiva esencia. Hoy asistimos a una frecuente e injustificada taxidermización de los edificios antiguos, que manteniendo su piel; desecha y rehace por completo sus interiores, anulando valores estructurales, espaciales, decorativos; en definitiva su arquitectura. Todo ello para cumplir un objetivo de utilidad que tendría mejor acomodo en una propuesta nueva y pone en crisis ese concepto conservacionista a ultranza que perpetúa la vigencia de un viejo debate: qué se debe conservar y que se puede sustituir.

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